Todas somos falibles. Todas. Hasta aquí estamos de acuerdo, ¿verdad?
Lo relevante no es que cometamos errores, porque esto va a ocurrir antes o después, sino lo que nos pasa y lo que hacemos cuando cometemos un error.
Aquí lo más común es meternos caña. O por lo menos lo más común en mi vida. Que si cómo he podido hacer esto, que si soy tal o cual… y otras cosas igual de poco amables conmigo misma.
Este es mi diálogo interior que tengo que revisar constantemente porque tengo una tendencia a la autocrítica. Puede que a tú seas de las mías. En este caso necesitamos poner mucha consciencia a cómo nos hablamos y estar entrenadas para detectarlo mientras está ocurriendo, para ponerle luz y decir “ajam… aquí estás otra vez” y conforme lo vemos y le ponemos el foco de atención pierde su fuerza.
Sirve también revisar mis ideas sobre equivocarme. ¿Me siento con derecho a equivocarme? Porque igual tengo que ser perfecta. Algunas mujeres nos exigimos ser mejores que el resto de los mortales y estar por encima del error.
¿Quién me creo para no poder equivocarme? Quizás tengo que ser excepcional para llegar a mi ideal de mí misma y ahí la equivocación no tiene lugar. En este caso tendré que revisar lo que espero de mí, lo que me pido a mi misma y ver si es real o me está ahogando la auto-exigencia.
Otra cosa más, mi autoestima en relación al error. ¿Están unidas de manera que cuando cometo un error siento que no valgo? Pues esta unión no es real, sólo está en tu cabeza. Tu valor es independiente de tu desempeño, de las opiniones de los demás, de las tuyas propias y en realidad de todo. Vamos, que no depende de nada, que es un valor dado porque sí, porque existes.
Si te das cuenta de que tu valor no está en juego vas a vivir mucho más relajada.
¿Y qué pasa cuando el que se equivoca es el otro? Esto también es digno de revisar. En realidad, lo que es dentro es también afuera, así que igual que nos tratamos a nosotras cuando nos equivocamos, así vamos a tratar a los demás y vamos a desplegar todo nuestro repertorio de crítica o exigencia.
A veces somos más conscientes de cómo lo hacemos con el otro, así que obsérvate, que te pasa cuando se equivoca tu pareja, tu hijo, tu madre… y tendrás muchas pistas de qué haces cuando la que se equivoca eres tú.
El error es parte del camino. No podemos llegar al éxito sin pasar por el error.
Nos podemos tomar el error como un aliado y ver el aprendizaje que nos trae. Cambiar la percepción y verlo como un regalo. Esto que has aprendido equivocándote ya no se te olvida y te convierte en una mujer un poco más sabia.
Acepta que hay cosas que no sabes, que tienes que probar distintas maneras de hacerlo hasta encontrar la mejor para ti y que probablemente no aciertes a la primera. Vívelo como un proceso y no dejes de confiar en tu criterio, que acumula toda tu experiencia actual.
Sólo si acepto mis errores puedo cambiar.
Lo que no quiero ver, lo que evito y lo que no acepto no me sirve para aprender, me deja estancada. Sólo aquello que acepto, aunque no me guste, me permite reconocer donde estoy, aprender y dar el siguiente paso.
Acepta tu error, acógelo, mímalo y aprende de él. Te está enseñando el camino.






