Entre las cosas que nos ocurren cuando nos hacemos adultas y maduramos, es que dejamos de mirar a papá y a mamá, y nos atrevemos a hacer nuestra propia vida.
Esto puede implicar desagradarlos, por ejemplo, si mis sueños no coinciden con sus expectativas sobre lo que yo debo hacer con mi vida.
Aquí es importante distinguir desde dónde actuamos al desobedecer sus mandatos, pues no es lo mismo que yo haga simplemente lo que me dicta el corazón, a que actúe desde el no desagradarlos o incluso desde hacer lo contrario de lo que ellos quieren para mí.
Tanto si hago lo que quieren como si hago lo contrario, los estoy mirando a ellos. En ambos casos sigo actuando conforme a sus expectativas y deseos, en el primero para complacerlos y en el segundo para rechazarlos. En ambos casos dejo de hacer lo mío para hacer lo de mis padres.
Lo sano sería que yo pudiera retirar mi atención de lo que quieren mis padres, para volverla hacia mí y ser consciente de qué es lo que yo quiero en MI VIDA.
Es posible que nuestros padres se decepcionen, se preocupen o incluso se enfaden. Aún en este caso seguiremos teniendo derecho a hacer con nuestras vidas lo que nos plazca y serán ellos los que tendrán que hacerse cargo de sus decepciones, preocupaciones o enfados.
Yo no puedo cargar con este peso, no me corresponde hacerlo ni es responsabilidad mía.
A ver, aquí quiero aclarar algo, no estamos hablando de causarle un daño a nadie, estamos hablando de hacer nuestras vidas, de dedicarnos a lo que nos gusta, de elegir cómo queremos vivir, cómo queremos educar a nuestros hijos, dónde queremos vivir… y que como consecuencia de ésto nuestros padres sientan que les hacemos un daño.
“Es que no puedo hacerle esto a mi padre…” escuché hace poco de una mujer ya adulta hablando sobre un tema de su maternidad.
Así, sacrificamos nuestras vidas para salvar a nuestros padres de sus propios miedos. ¿Pero sabes qué? Sacrificamos nuestras vidas en vano, porque nosotras no podemos salvarlos de nada.
Queremos ver a nuestros padres felices, pero esto no depende de nosotras. Si yo me caso por la iglesia para tener contenta a mi madre, o si no me atrevo a dejar un trabajo que ya no soporto por no desagradar ami padres, en el fondo lo hago para que ellos estén bien, es un acto de amor hacia ellos, pero un acto de amor mal entendido, porque estoy faltando al amor a mí misma, a mis creencias y mis convicciones,
Además, con estos actos puedo contentarlos durante un tiempo (seguramente breve) pero enseguida volverán a sus historias, sus problemas, sus preocupaciones y sus miedos. Yo nunca voy a conseguir hacerlos felices, porque no me corresponde a mí hacerlo.
Así que os invito a que dejemos de mirarlos a ellos y empecemos a mirarnos a nosotras. Cambiemos nuestra mirada desde sus necesidades a las nuestras. Empecemos a vivir nuestras vidas y al hacerlo, respetemos y honremos todos los miedos, enfados y dolores que con ello se muevan, sabiendo que no somos responsables de salvarlos y que lo mejor que podemos hacer por ellos es disfrutar la vida que nos ha sido dada a través de ellos.





